Reflexionar sobre el sentido cristiano del festejar para que la reunión o fiesta que se hace con motivo del bautismo de nuestro hijo tenga una orientación positiva.
"Alégrense con los que están alegres" (Rom 1 2, 1 5)
Este tema ya no forma parte del contenido propio de la catequesis que ordinariamente se presenta sobre el sacramento del Bautismo, pero dado el arraigo que tiene el festejo (grande o pequeño) entre nuestra gente, se ve necesario tomar conciencia y orientar, en caso necesario, para que la fiesta no se convierta en algo pagano o en una anti-fiesta.
El catequista deberá tener una actitud madura para no volverse ni "satanizador" de las fiestas, ni "permisivo" al grado de no decir nada de lo que sucede en algunas reuniones festivas.
El catequista invita al grupo a responder las siguientes preguntas:
¿Qué hay de bueno y de malo en una fiesta?
¿Cuándo una fiesta puede convertirse en una anti-fiesta?
¿Qué diferencias vemos entre las fiestas que se celebran con motivo del bautismo de un pequeño y otras fiestas?
Se pueden responder estas preguntas con el grupo en general, para facilitar un mayor enriquecimiento.
Todas las personas tenemos necesidad de manifestar nuestra alegría para tener una mejor experiencia de la vida. Por ejemplo, una buena fiesta nos ayuda a desarrollarnos mejor como personas, nos une más, nos sentimos alegres, etc.
Cuando hacemos una fiesta experimentamos como se "detiene" el tiempo en la carrera de la vida y nos da un respiro para poder seguir el camino. Asimismo, es un momento en que abundan detalles que de ordinario no tenemos.
Las fiestas son ocasión de una transformación en nuestras apariencias: nuestro arreglo personal es más dedicado, usamos nuestras mejores ropas y actuamos de forma distinta. En ellas, se nota la ilusión de las personas porque la vida no sea siempre igual, por un ambiente sin problemas, donde haya abundancia y todos estemos felices.
Lamentablemente es muy fácil que una fiesta se convierta en una "anti-fiesta". Esto sucede cuando gastamos más de lo que tenemos, cuando derrochamos y ofendemos al que padece carencias, cuando no prevemos el mañana, cuando se cae en el alcoholismo y en la violencia, cuando por tantas causas la fiesta se convierte en tristeza, muerte y luto.
Es en esas ocasiones en que la fiesta pierde sentido, la reunión va degradando poco a poco a los asistentes mientras el niño recién bautizado llora a solas en un lugar aparte.
Jesús nos enseña a vivir mejor como personas, incluso nos muestra la alegría que debe haber en una fiesta, acude a las fiestas y comparte con los demás.
Pero nunca deja de estar atento a las necesidades y angustias de la gente (ver Jn 2, 1-12).
Y refiriéndonos especialmente a las fiestas que se organizan con motivo del bautismo de un pequeño es conveniente hacer algunos comentarios:
Es muy positivo que los familiares y amigos se reúnan con el pequeño y sus papás para festejar el inicio de una nueva vida en la fe. Festejar es positivo.
El centro de dicho festejo es el recién bautizado, lo ideal es tener un lugar adecuado para él en el sitio central o más visible del lugar de la reunión, por lo tanto, debe evitarse el caer en actitudes muy comunes entre nuestra gente como el llevar al pequeño a una habitación de la casa para que no "moleste" con su llanto a los invitados o caer en excesivo servilismo hacia los compadres para quedar "bien" con ellos haciéndoles sentir que son el centro de la fiesta.
Respecto a los alimentos y bebidas que se consumirán debemos agradecer a Dios el que los podamos tener y consumir, bien sea con una oración de acción de gracias o con la bendición sobre los alimentos. Asimismo, recordemos nuevamente que si estamos allí reunidos es para festejar al pequeño bautizado y no para excedemos en el consumo de alimentos y bebidas.
El grupo reflexiona a partir de las siguientes preguntas para tratar de llegar a un compromiso.
¿Cuál es el sentido que Dios quiere para nuestras fiestas?
¿Qué se necesita para que en nuestras fiestas se de una alegría verdaderamente cristiana?
Nosotros ¿cómo vamos a festejar el Bautismo de nuestro hijo o ahijado?
Podemos recitar el salmo 138 (137) u otro parecido, a cada estrofa todos decimos:
"Te doy gracias Señor, con toda mi alma".